Un poco de historia
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LA ERMITA DEL SANTO CRISTO DE LA CRUZ:
UN RECORRIDO A TRAVÉS DE SU HISTORIA

 

 

 

Si decimos que la ermita del Cristo de la Cruz es la construcción más antigua del barrio segoviano del Mercado afirmamos algo cierto, pero más cierto aún es afirmar que la ermita del Cristo -principal seña de identidad del barrio- es un venerable edificio de casi seis siglos de antigüedad ya que en 2011 celebrará el 6º centenario de su fundación.

Ermita del Santo Cristo de la Cruz (Segovia)Según refiere el historiador Colmenares, su origen hay que situarle en el compromiso adquirido por los segovianos de levantar un templo dedicado a la Santa Cruz, tras la predicación que hiciera, el 3 de mayo de 1411, San Vicente Ferrer quien llegaba a nuestra ciudad no sólo para reducir pecadores y convertir muchos moros y judíos, sino también para concordar enemigos como lo venía haciendo en su recorrido por el reino de Castilla convulsionado entonces por turbulencias sociales y enfrentamientos nobiliarios.Si decimos que la ermita del Cristo de la Cruz es la construcción más antigua del barrio segoviano del Mercado afirmamos algo cierto, pero más cierto aún es afirmar que la ermita del Cristo -principal seña de identidad del barrio- es un venerable edificio de casi seis siglos de antigüedad ya que en 2011 celebrará el 6º centenario de su fundación.

Texto San Vicente FerrerSegún refiere el historiador Colmenares, su origen hay que situarle en el compromiso adquirido por los segovianos de levantar un templo dedicado a la Santa Cruz, tras la predicación que hiciera, el 3 de mayo de 1411, San Vicente Ferrer quien llegaba a nuestra ciudad no sólo para reducir pecadores y convertir muchos moros y judíos, sino también para concordar enemigos como lo venía haciendo en su recorrido por el reino de Castilla convulsionado entonces por turbulencias sociales y enfrentamientos nobiliarios.

Es muy probable que la multitud de segovianos, a que se refiere Colmenares, no se encontraba en la colina que allí había, coronada por una Cruz de piedra, para recibir al santo, sino más bien sería que el santo se encontró con la celebración festiva y popular que ya entonces tendría lugar allí: la erección del mayo en el punto más alto de un barrio que era de hortelanos y labradores desde que en el siglo XII se situasen los primeros en torno a la iglesia de Santo Tomás.

La Cruz de piedra a la que se encaramó San Vicente Ferrer para predicar al pueblo debía situarse donde se desgajaba un ramal por Hontoria y Villacastín, camino de Ávila, desde el camino de salida de la ciudad hacia el Puerto de la Fuenfría, el cual seguía el trazado de la antigua calzada romana construida, a su vez, sobre la ancestral ruta de la trashumancia usada por los pueblos arévacos.

 

En poco tiempo debió levantarse un edificio de planta cuadrada, coincidente con el cuerpo central de los tres que hoy conforman el templo, algo menos elevado que el actual y del que se conservan los cuatro arcos apuntados ciegos que decoran sus muros laterales, los contrafuertes que reforzaban sus cuatro esquinas y los dos arcos rebajados de ladrillo engullidos en los muros del cuerpo del templo, que formaban parte de un atrio situado ante su puerta y que, hacia mediados del siglo XVI, debió sustituir a otro más modesto con estructura de madera. Aunque su planta era cuadrada mantenía una orientación típicamente medieval, con el altar mayor situado al éste, de modo que el sol saliente incidía directamente sobre su cabecera.

Algunos años más tarde, en 1459, el buen rey Enrique IV concedió a la ciudad el privilegio de celebrar dos ferias anuales de treinta días de duración cada una y, para que los ganados que acudían a ellas dispusieran de suficiente espacio, donó a la ciudad una gran extensión de terreno que comenzaba junto a la misma ermita: la Dehesa del Mercado, de modo que la ermita pasó a ser conocida como la Cruz del Mercado.

 

Puesto que esa era su advocación, una sencilla Cruz de madera debía presidir su altar mayor. A principios del siglo XVI, debió ser cuando se colocó allí la imagen de nuestro Santo Cristo. Es una talla de madera policromada cuyo origen se sitúa entre 1490 y 1510. Representa, a tamaño algo menor que el natural, a Cristo muerto sujeto por tres clavos, con la cabeza inclinada hacia la derecha, rostro alargado, sensación que se acrecienta por la barba puntiaguda, y corona de espinas independiente de la talla. El paño de pureza que le cubre es de lienzo encolado y policromado que llevaba adheridos pequeños cristales de colores, hoy perdidos, para reflejar la luz de las velas.

La restauración llevada a cabo durante los primeros meses del año 2004 le han devuelto su esplendor y nos ha permitido volver a contemplarle como nuestros antepasados de hace quinientos años.

En 1529 se registra la primera noticia de que la imagen ya se encontraba en la ermita. Es con motivo del traslado, desde el Castillo de Escalona, en Toledo, hasta el Monasterio del Parral, del cuerpo de Don Diego López Pacheco, Marqués de Villena, cuando la comitiva se detuvo en la ermita con el fin de rendir reverencia al crucifijo muy devoto que allí está.

Entre 1620 y 1640 se construyó un retablo para dar mayor realce y dignidad a la imagen del Santo Cristo. De menores dimensiones que el actual, debía estar formado por un cuerpo central, dividido en tres calles, y un remate. La calle central la ocupaba la imagen, sobre un fondo pintado que representaba a la Virgen y San Juan. Entre las dos calles laterales y el remate se situaban cinco lienzos pintados con escenas de la Pasión. El que coronaba el retablo, sobre la imagen del Santo Cristo, representaba a Cristo con la Cruz a cuestas.

 

 

Ampliación del templo

 

En la segunda mitad del siglo XVII la ermita adquirió el aspecto que vemos hoy. En primer lugar el primitivo edificio fue ampliado añadiéndole un cuerpo delantero que supuso triplicar su superficie de culto.

Entre el 22 de noviembre de 1657 y el 25 de marzo de 1661 se construyó la actual nave del templo, cubierta por una bóveda de ladrillo de sección carpanel, casi plana y decorada con motivos geométricos según el gusto de la época. La portada de cantería, de sobriedad clasicista, se debe a Francisco Gutiérrez de la Cotera, discípulo de Pedro de Brizuela, a quien había sucedido en el cargo de Aparejador y Maestro Mayor en las Casas Reales del Alcázar y que había sido el arquitecto de la Capilla Mayor de la iglesia del Seminario.

A ambos lados de la nave se colocaron dos pequeños retablos. El del lado del Evangelio se concluyó en 1661. Es de un solo cuerpo y alberga una pintura sobre tabla de la Virgen de la leche y que en opinión del profesor Collar de Cáceres es una pieza magnífica de arte flamenco, que puede datarse a principios del siglo XVI. Las desafortunadas actuaciones que ha sufrido no nos permiten apreciar la belleza que sin duda posee. El cuadro está enmarcado con ancha moldura y flanqueado por sendas columnas estriadas. Un fingido entablamento, con rosetones rojos sobre fondo azul en las metopas, da paso a la cornisa y sobre ella un frontón partido coronado por el escudo blasonado del donante entre pináculos con remate de bolas.

Frontero con él, en la pared del lado de la Epístola, se colocó en 1666 otro retablo gemelo, presidido por un lienzo que representa la Misa de San Gregorio y que muestra un notable deterioro.

Para poner en conexión la nave del templo con el antiguo edificio se abrió un gran arco en el muro donde se ubicaba la primitiva entrada. Pero un error en el cálculo de la resistencia del viejo muro hizo que éste se derrumbase en 1666, arrastrando tras de sí la techumbre de la capilla mayor, que bien pudiera tratarse del artesonado mudéjar que cubriría la primitiva ermita desde su origen. Este derrumbe afectó al retablo pero no así a la imagen del Cristo que quedó protegida dentro del camarín que se había construido tres años antes.

Para dotar de nueva cubierta a la capilla mayor se encargó al arquitecto que entonces dirigía las obras de la Catedral y a quien debemos la cúpula que cubre su crucero, Francisco de Biadero, que proyectase una para nuestra ermita.

Se trata de una cúpula encamonada, visible sólo al interior, que obligó al recrecimiento de los muros para soportar la armadura de madera del tejado por encima de la cúpula. De gran elegancia y sobriedad, fue construida de ladrillo con revoco de yeso para recibir decoración geométrica. Los únicos motivos figurativos que contiene son los símbolos de la Pasión pintados en sus pechinas.

 

 

El nuevo retablo

 

Una vez resuelta la cubrición de la capilla mayor se planteó la necesidad de construir un nuevo retablo para mayor realce de la imagen del Santo Cristo.

A la convocatoria pública para determinar el mejor proyecto acudieron varios artistas, pero solo de dos ha quedado constancia: José Vallejo Vivanco y José Simón de Churriguera, siendo la traza presentada por éste último la elegida, aunque el encargado de su construcción fuese el primero.

José Simón era el padre de José Benito, que años más tarde realizaría el retablo de la Capilla del Santísimo Sacramento en la Catedral segoviana, de Joaquín y de Alberto, conocidos arquitectos. De su obra no se ha conservado nada más que este retablo, por lo que es la única obra conocida y conservada cuya traza se debe al iniciador de la dinastía de los Churriguera.

Sigue el modelo que primaba en Segovia desde mediados del siglo XVII, cuando se adopta la tipología madrileña: banco, cuerpo principal y ático semicircular.

Sobre un zócalo, imitando jaspe, se sitúa el banco, que presentaba en el centro dos gradas de modo que la superior ocultaba la base de la cruz del Santo Cristo, la cual se afianzaba al muro en la base del camarín por una gruesa viga horizontal.

Zócalo y banco quedan rotos a ambos lados por la necesidad de situar las puertas de acceso a la sacristía, cuya altura marca el inicio del cuerpo del retablo. Éste se divide en tres calles por ocho columnas salomónicas exentas, agrupadas de modo impar (1-3-3-1), recubiertas profusamente por el símbolo eucarístico de la vid y sustentadas sobre ménsulas bellamente decoradas. La cornisa que marca el arranque de la cúpula marca también la altura del entablamento, por lo que se optó por quebrarle tanto en las calles laterales como en la central, donde desaparece al elevarse el camarín con un remate semicircular que ocupa parte del ático, solución que demuestra la sabiduría del maestro Churriguera, ya que permite disimular la escasa altura del cuerpo del retablo, evitando con ello el aspecto achaparrado que hubiera podido tener, pues prácticamente su anchura duplica su altura; en cambio, impide la utilización iconográfica del ático o remate, cuyos huecos se rellenan de colorista decoración.

En la restauración llevada a cabo por la Consejería de Cultura de la Junta de Castilla y León, durante los últimos meses de 2007, se puso al descubierto una leyenda, sobre una tarjeta a modo de corazón en la parte superior del camarín, que puede corresponder al texto latino “TRISTIS ETIAM ANIMA MEA USQUE AD MORTEM MANET”, y que podríamos traducir como “TAMBIEN MI ALMA PERMANECE TRISTE HASTA LA MUERTE”.

Sobre la cornisa que remata el entablamento, ante las pilastras del ático y coincidiendo con las columnas, se sitúan seis tallas de ángeles, los dos laterales sentados y los cuatro centrales de pie, que en sus orígenes portaban símbolos de la Pasión, hoy desaparecidos excepto la escalera que se encontró durante la restauración. La parte sobreelevada del camarín presenta decoración más tosca en yeso a base de angelotes.

Los oros y la policromía se reparten la superficie casi por igual. El dorado ocupa, principalmente, las partes planas, en cambio en las talladas la alternancia del mismo con la policromía ofrece una gran riqueza de matices, que la suciedad acumulada durante siglos no nos permitía disfrutar, al igual que la magnífica y fina labor de sus estofados. Todo ello se ha puesto al descubierto con la labor de restauración mencionada.

En las calles laterales se colocaron sendos lienzos representando dos escenas de la Pasión: la Coronación de espinas, el del lado del Evangelio, y recibiendo los azotes atado a la columna, el de la Epístola. Ambos son anteriores al retablo, pues en ellos figura la fecha de 1632, muy probablemente pertenecieran al retablo anterior y se habrían salvado de los daños que ocasionó el derrumbamiento de la techumbre.

Churriguera trazó el retablo entre 1673 y 1675 y José Vallejo Vivanco, poseedor entonces del mejor taller de retablos de la ciudad, le construyó entre 1676 y 1679, aunque algunos pagos se dilataron hasta 1688. El coste total del mismo fue de 10.786 reales.

El tornavoz del púlpito se colocó en 1717. Es una pieza octogonal barroca formada por tres cuerpos que le dan una notable prestancia. En los dos primeros alternan cabezas de ángeles rodeadas de relieves policromados. Otro ángel, de cuerpo entero, corona el conjunto. Una paloma, bajo un disco ricamente labrado, planea sobre la cabeza del predicador.

 

 

Sacristía

 

Entre 1720 y 1725 se construyó la actual cubierta barroca de la Sacristía. Se dio mayor altura a la estancia al situar la cornisa al nivel del arco de la ventana del camarín, cubriéndose la pieza por una magnífica bóveda de arista decorada con molduración de yeso y piezas de madera tallada y sobredorada en clave, bóvedas, muros y cornisa.

Siempre llama la atención del visitante el notable tamaño y empaque de la Sacristía. Ello es debido a que, desde principios del siglo XVIII y durante doscientos años, ésta era el lugar de reunión de los hermanos de la Esclavitud del Santo Cristo de la Cruz, quienes estaban obligados a juntarse allí todos los domingos del año para tratar una hora de las cosas convenientes a la Santa Esclavitud, rezar el Rosario y Letanía y encomendar a Dios a los esclavos difuntos. Durante el siglo XVIII las reuniones se celebraban a las dos de la tarde, pero en el XIX pasaron a tener lugar a las ocho de la mañana en verano y a las nueve en invierno. A ellas debían asistir cubiertos con la capa.

 

Esclavitud Santo Cristo de la Cruz del Mercado

 

En la Sacristía existen varias piezas interesantes. Las dos cajoneras son del siglo XVII, la más pequeña algo más antigua. La grande ostenta la fecha de 1680 y procede del antiguo Convento de Frailes Trinitarios, que muchos han conocido como Hospital Militar y hoy alberga la Dirección Provincial de Educación. También procede de allí una pila de alabastro a la que se dotó de desagüe para ser usada como lavabo y que debió ser pila de agua bendita en la iglesia conventual. Ambas piezas fueron traídas en 1853, al igual que la cruz de granito que se alza sobre la tapia posterior de la ermita y que se situaba delante de la entrada de la iglesia, hacia el centro de la plazuela en que se ensancha la calle de José Zorrilla.

En las paredes cuelgan la copia de la Bula perpetua concedida a la Esclavitud por el papa Benedicto XIII en 1724 y un lienzo con la imagen de Santo Tomás de Aquino, perteneciente a la Orden de Predicadores como San Vicente Ferrer, en el momento de ocurrir el milagro que narran sus biógrafos: el Crucifijo que tenía sobre su mesa de trabajo le habló reconociendo el valor de sus escritos: Bien escribiste de mí, Tomás, le dijo, y así lo representó un artista anónimo del siglo XVII en una filacteria, aunque con el texto en latín.

 

 

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Bastantes más aspectos de la dilatada historia de nuestra entrañable ermita se nos han quedado necesariamente en el tintero. El hecho de haber sido uno de los dos ejes -el otro era el Santuario de la Virgen de la Fuencisla- en torno a los que ha girado la religiosidad de los segovianos, da para mucho.

 

No obstante, quizá el mejor consejo que se puede dar a quien se acerca hasta la ermita es que se deje impregnar de su sencillez, de su calidez entrañable, que contemple la belleza de la imagen de su Santo Cristo y que piense que ante él se han postrado generaciones de antepasados nuestros desde hace nada menos que cinco siglos.

 

Alberto Herreras Díez.

Septiembre de 2009.