TESTIMONIO DE JOSÉ Y MONTSE

Pasó por la vida haciendo el bien.  Su gran respeto, disponibilidad, capacidad de diálogo y humildad le hacían accesible a cuantas personas se encontraba. Era una puerta abierta por la que entrar y descubrir al Padre encarnado en la vida, acogedor, esperanzado y siempre misericordioso. Así era él, llevando en su corazón a Dios y a la gente. Amaba a su iglesia local,  universal  y creía que las personas en la Iglesia  somos horizonte del Reino y piedras vivas responsables. Por eso, el Concilio Vaticano II puso en su boca las palabras laicado, ecumenismo, corresponsabilidad, comunión, justicia o paz para construir un mundo mejor. No dejó nunca  de aprender; su espíritu de fraternidad y su sabiduría le impulsaban a las nuevas posibilidades y reflexiones eclesiales y sociales: internet, banca ética, nuevos tipos de pobreza , desplazamientos migratorios, Doctrina social de la Iglesia, etc.  
Hasta el final de sus días fue un trabajador infatigable, amigo y hermano. Con sus citas favoritas nos ha dejado una gran tarea: "es mejor encender una cerilla que maldecir de las tinieblas" o "a Dios rogando y con el mazo dando".

 

José y Montse